Behobia 2017 desde dentro. Una carrera diferente.
El pasado 12 de noviembre me disponía a afrontar la que iba a ser mi tercera Behobia. Corrí esta carrera por primera vez en 2015 y quedé tan impresionado por el ambiente que se ha convertido ya en un fecha fija en el calendario tanto mío, como de mis colegas de entrenamiento en el Holmes Place de La Moraleja. Los inicios de esta carrera se remontan a 1919 si bien fue a partir de 1979 donde adquirió su categoría de carrera popular. Desde entonces su popularidad ha ido en aumento llegando a alcanzar en 2015 la cifra de 33.900 inscritos. El record absoluto de la prueba lo ostenta el atleta madrileño Alberto Juzdado, que en la edición de 1996 paró el crono en 59 minutos y 16 segundos. En esa misma edición Rocío Ríos dejó la marca femenina en un 1:08:54.
Este año llegaba con sensaciones encontradas. Por un lado, gracias a los duros entrenamientos con Marta y David, veía factible batir mis 1:30:34 del año pasado. Pero por otro lado sentía que mi estado de forma no era el mejor. No hacía ni tres semanas que había corrido el maratón de la Montaña Solidaria en El Escorial y desde entonces no había entrenado demasiado. Había además perdido algo de velocidad con respecto a otros momentos de la temporada, en los que llegué a pensar que no solo era factible bajar de 1:30 sino de 1:25. Todo esto hacía que tuviera dudas con respecto a qué ritmo iba a ser capaz de seguir. Habíamos llegado a San Sebastián el viernes por la tarde. Aprovechamos para recoger el dorsal el mismo viernes para así evitar las aglomeraciones del sábado y disponer además de todo el día para hacer turismo por Guipúzcoa. Esta es quizás una de las mayores dificultades a los que se tienen que enfrentar los participantes en la carrera: ser capaz de pasar el día del sábado sin sucumbir a las tentaciones culinarias en forma de pinchos, chuletón, txacoli, etc. que tientan a los corredores por todos los rincones de este paraíso para los sentidos que es Euskadi. En mi caso, había solventado el reto con moderado éxito: un par de pinchos y rape a la parrilla para comer y una pizza para cenar. Algunos de mis compañeros de Behobia no tuvieron tanta suerte.
Eran las 6:30 cuando sonó el despertador. A las 7 ya estábamos listos para desayunar y menos de una hora después estábamos ya en el andén de la estación de Orio esperando al tren que nos llevara hasta Irún. Más de una hora de trayecto en el que el tren se fue llenando poco a poco. Trayecto que uno aprovecha para escudriñar al resto de corredores: qué zapatillas lleva, qué color de dorsal tiene, va menos abrigado que yo, al contrario que este otro. Una vez
bajamos del tren, un autobús nos llevó hasta el barrio de Behobia, en Hendaya, que da nombre a la carrera. Eran las 9:15 y quedaba una hora y 14 minutos hasta la salida de mi grupo. Una lluvia fina nos dio la bienvenida al bajar del autobús. Si las previsiones meteorológicas se cumplían, la lluvia pararía sobre las 10 y nos permitiría disfrutar de una carrera en seco.
Aprovechamos el calentamiento para disfrutar del ambiente previo a la carrera. Las casi 25 mil personas que finalmente tomaron la salida apuraban los momentos previos a la carrera entre cafés, carreras y la música de los distintos animadores.
15 minutos antes de mi hora de salida me coloqué en mi cajón de salida. Había ganas de empezar a correr. La lluvia era ahora un poco más insistente y me hacía dudar de si las previsiones serían correctas o no. Recordaba la carrera del año pasado, cuando durante toda la mañana estuvo diluviando hasta justo el comienzo de la carrera. Y parece que los dioses de la lluvia un año más se volvieron a apiadar de nosotros, porque la lluvia finalmente cesó poco antes de empezar la carrera. A las 10:29 finalmente dieron la salida a mi cajón. Por delante los 20 km que separan el barrio de Behobia de San Sebastián. Una hora y media de sufrimiento en que la que concentrarse en un ritmo a seguir e intentar mantenerlo sin hacer caso a ese diablito interior que nos intentará convencer de que bajemos el ritmo, que no vamos a ganar nada y que disfrutaremos más de la carrera, que en cualquier caso el chuletón de luego nos lo habremos ganado.
Como suele ocurrir en las carreras, la mayoría de la gente sale como alma que lleva el diablo. A mí personalmente me cuesta mucho coger ritmo, y los primeros kilómetros los hago con una sensación de falta de aire que no se corresponde al ritmo al que voy. En esta ocasión, completé el primer kilómetro en unos dignos 4:15. Y ese era precisamente el ritmo que necesitaba para bajar de 1:25! Sin embargo, pronto me di cuenta de había sido muy optimista.
Los siguientes dos kilómetros entre las abarrotadas calles de Irún se encargaron de ponerme en mi sitio, y los completé en 4:22 y 4:29 respectivamente. Aún así quedaba mucha carrera. Los dos siguientes kilómetros en bajada me sirvieron para recuperar sensaciones antes de afrontar la primera subida seria del día: el alto de Gaintxurizketa. Algo más de 2 kilómetros a un 5% de pendiente que el año pasado recordaba haber hecho bastante cómodo. Pero este año las sensaciones iban a ser otras. No encontraba un ritmo que pudiera mantener, me pasaban muchos corredores, y para colmo de males mi Garmin me marcaba que iba más lento que el año pasado. Gasolina para ese diablito que empezaba su labor de persuasión. Así que apreté dientes y fijé la vista en el final del alto que se veía ya a lo lejos y me concentré en mantener un ritmo constante. Coronado el alto, y sin apenas descanso, me lancé al descenso sin preocuparme mucho de recuperar el aliento. Sabía que de una forma u otra lo recuperaría en los 3 kilómetros de bajada hasta la zona comercial de Lintzirin donde se encuentra el ecuador de la carrera. Las sensaciones empezaban a ser otras, y veía ritmos en el Garmin por debajo de los 4 minutos el kilómetro. En el kilómetro 8, una de las grandes tradiciones de la Behobia, el pirata rockero, se encargaba de poner música desde el maletero de su coche a estos momentos de disfrute. Es un punto curioso de la carrera, donde se cambian los papeles y son los corredores los que animan más al público (el pirata). Sin embargo estas buenas sensaciones iban a durar poco. Lo poco que tardé en darme cuenta de que el isquiotibial izquierdo se estaba cargando más de la cuenta. Es una zona en la que he tenido varias lesiones y que ya traía algo cargada de antes de la carrera. Ahora sí que empezaba a escuchar
nítidamente al diablito interior, y es que me quedaba aún más de la mitad de la carrera y la perspectiva de correr a un ritmo muy alto durante más de 10 kilómetros y con los isquiotibiales cargados se antojaba complicada. Sabía por mis lesiones previas en esa zona que lo mejor que podía hacer para evitar que se me cargaran más y que incluso tuviera que acabar retirándome era acortar la zancada y controlar un poco el ritmo. Con las buenas sensaciones que tenía y con los kilómetros de bajada que aún me quedaban, bajar el ritmo era desde luego una mala solución, pero sabía que era la única. En cualquier caso funcionó, y llegué al kilómetro 10 en 43:27 con el dolor en los isquiotibiales contenido y las reservas intactas.
Los siguientes tres kilómetros discurrieron en ligera bajada por las siempre animadas calles de Errenteria. Aunque iba a un ritmo bueno, 4:14 el kilómetro, me sentía con fuerzas para ir más rápido, pero en cuanto apretaba notaba que el maldito isquiotibial me empezaba a molestar más. En estos momentos veía claro que salvo que me diera una pájara o salvo que el dolor en el isquiotibial fuera a más, iba a bajar la marca del año pasado. La cuestión era ver por cuánto.
Si apretaba podría hacer una muy buena marca, pero con más riesgo de que el isquiotibial me dejara fuera de juego. Entre estos pensamientos, llegue a la subida de Capuchinos, una tachuela de 400 metros al 6% de desnivel. Casi fue una alegría, porque la subida me permitía ir más al límite sin tener que preocuparme por mi isquiotibial. Una vez coronado, se enfilaba la bajada hasta Pasaia, con unas vistas insuperables de su bahía y el puerto, y tras ella una zona de subidas y bajadas, con la cabeza pensando ya en la última y temida subida al alto de Miracruz. Un kilómetro casi al 8% de desnivel que para algunos se convierte en un auténtico muro. En mi caso veía que iba más rápido que en la subida a Gaintxurizketa!! Alegría por un lado porque eso significaba que llegaba al final de la carrera con reservas aún en el depósito, pero por otro lado no podía evitar una sensación de decepción porque mis piernas no me iban a permitir aprovechar toda esa gasolina. Aún así enfilé la bajada al barrio de Gros con la idea
clara de que era el momento de darlo todo. Acabada la bajada, y después de un kilómetro de sube y baja por la avenida de Navarra, giramos a la izquierda para entrar ya en la recta de meta. Un kilómetro y doscientos metros completamente abarrotados de público. Y completamente abarrotado también de arcos de publicidad. Debía haber por lo menos quince y hacía complicado identificar el arco de meta. Me vino a la cabeza mi primera Behobia, y en concreto mi amigo Alberto, que después de pegarse el sprint de su vida para adelantar, se paró en el penúltimo arco pensando que era la meta y comprobó como todos los corredores que había adelantado en el sprint le volvían a pasar. De esa aprendimos: “El arco de meta es el que tiene el reloj”, así que visualice el cronometro al fondo y me lancé a por él sorteando corredores. Se me iba a salir el corazón por la boca, las piernas ya no daban para más, pero
todo eso era ahora secundario. Solo importaba correr todo lo rápido que pudiera hasta la
meta.
Cuando la crucé, paré el reloj, miré y vi en él 1:26:33. Cuatro minutos menos que el año pasado!!! Prueba más que superada!!! Ya no importaba el dolor en el isquiotibial, ni las malas sensaciones subiendo Gaintxurizketa, solo importaban los buenos entrenamientos que me habían hecho llegar a esa marca, que había sido capaz de gestionar las dificultades de la carrera y que ahora tocaba disfrutar. De momento de la marca. Más tarde del chuletón y copas post-carrera que ya se han convertido en tradición.
He querido dejar para el final lo que realmente marca esta carrera y lo que hará el próximo 11 de Noviembre de 2018 este de nuevo en la línea de salida de Behobia: el público. Da igual que llueva o haga viento. Los 20 kilómetros de trayecto estarán llenos de público animando, que en algunos puntos como Errenteria, Capuchinos, Miracruz o la entrada a San Sebastián abarrotan la calle y dan un poco sensación de estar en Tour de Francia. Padres con sus niños que ponen sus manos para que las choques con ellos, gente que te anima por tu nombre, que muy inteligentemente la organización se encarga de poner en el dorsal. Este año uno de mis compañeros de viaje corría Behobia por primera vez y aunque ya le habíamos dicho que iba a haber mucha gente animando, la alegría de su rostro al acabar la carrera demuestra que no es suficiente con que nos cuenten esta carrera, hay que vivirla. Así que allí os espero el año que viene.
Diego Torre Ruiz